Entrevistas & historias

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Una respuesta a Entrevistas & historias

  1. Andrés Trozado dijo:

    Hola, me gustaría dejar aquí esta historia que he escrito para alguien muy especial.

    “Érase una vez un rey con dos hijas: Alanis y Naiara.
    Alanis no solo era la joven más hermosa de aquellas tierras, su belleza había traspasado las fronteras del reino y había llegado hasta los sitios más lejanos e insospechados, de la misma forma que lo hacen las leyendas sobre héroes y dragones.
    Naiara en cambio resultaba invisible para todos, a la sombra siempre del esplendor de su hermana. A pesar de ser una joven atractiva, no podía competir con el porte real, la distinción y la belleza de Alanis.
    Hasta el palacio real llegaban decenas de príncipes y nobles de todas partes para conseguir la mano de Alanis, pero ella los rechazaba uno tras otro. A la mayoría ni siquiera los recibía. Miraba a todos antes de entrar desde la ventana de su habitación, y a aquellos que le desagradaban, les lanzaba un cubo de agua sucia a la cabeza para que se largaran cuanto antes, lo que aumentó todavía más su leyenda de mujer inalcanzable y el deseo de los hombres más poderosos por conseguirla.
    Sin embargo, la llegada a palacio del príncipe Dante, consiguió turbar por primera vez su alma y su cuerpo. No solo era el noble más popular por sus hazañas y su valor, también era el más deseado por las mujeres.
    Al observar al príncipe desde la ventana, sus ojos se encendieron. Pero no fue la única parte de su anatomía que se encendió. Le ardía todo el cuerpo. Le parecía estar viendo al joven más atractivo que había visto en toda su vida. Ordenó a una de sus sirvientas que bajara a decirle que le recibiría enseguida e hizo acudir a su habitación a toda la servidumbre de palacio para que la pusieran más guapa que nunca.
    Cinco horas después, bajó por las escaleras con la mejor de sus sonrisas.
    Dante quedó impresionado por la belleza de la princesa, rodeada de doncellas y juglares que ensalzaban su figura con cánticos y poemas.
    El príncipe pasó en palacio unos días, invitado por la princesa. Cada minuto que pasaban juntos, se sentían más atraídos el uno por el otro. Hasta que una noche durante un suntuoso baile organizado en su honor, se arrodilló ante ella en el balcón del gran salón, sacó de su bolsillo un anillo de diamantes y le dijo:
    —¿Queréis casaros conmigo? No puedo dejar de miraros, ni de pensar en vos cuando no estáis a mi lado.
    Alanis le miró sin bajar la cabeza y le contestó:
    —Solo me casaré contigo si me demuestras antes que me quieres.
    —Por vos mataría al dragón de las siete cabezas y me batiría contra cualquier otro caballero que osara siquiera poner vuestro nombre en su boca.
    —No tengo ningún interés en que alguien pueda estropear vuestro bello rostro, ni voy a arriesgarme a que perdáis ninguna parte de vuestro cuerpo antes de disfrutarlo. Si queréis casaros conmigo, tendréis que dar mil vueltas a las murallas que rodean el palacio.
    El príncipe empezó a dar vueltas a las largas murallas de palacio esa misma tarde y siguió dándolas durante muchas semanas. No paraba más que para dormir un poco y comer cuando el estómago le pedía auxilio.
    Caminó bajo la tormenta, con un sol implacable y entre auténticas montañas de nieve, con un ánimo inquebrantable. Esperaba que Alanis saliera a verle, pero jamás se acercó a él. Se limitaba a abrir de vez en cuando las puertas de su ventana y a volverlas a cerrar nada más comprobaba que el príncipe seguía dando vueltas.
    Naiara, en cambio, aprovechaba sus frecuentes salidas de palacio para llevarle ropa de abrigo y comida, y atenderle cuando la fiebre y el dolor por el esfuerzo le consumían.
    A veces le acompañaba un rato en su camino interminable, consiguiendo que le resultara muchísimo más agradable. A él le parecía que todo era más hermoso cuando caminaba a su lado.
    Poco a poco y casi sin darse cuenta, Dante fue dejando de pensar en Alanis. Llegó un momento que ya no daba vueltas por conseguirla, sino por encontrarse de nuevo con Naiara.
    Los momentos que pasaba con ella eran cada vez más dulces. Se sentía querido de verdad por aquella mujer cuyas manos le habían curado las heridas, le habían alimentado y le habían dado calor cuando el hielo estuvo a punto de congelar su sangre y su alma. Conforme se abrían el uno al otro, más felices se sentían juntos.
    Un día, el príncipe dejó de caminar, la miró a los ojos y le dijo:
    —Vivía en la oscuridad, dando vueltas en torno a alguien a quien no le importaba mi sufrimiento ni mi dolor. Mi único deseo ahora es que sigas alumbrando para siempre mi camino con la luz de tu corazón. Dime cuál es tu deseo y te lo conseguiré.
    —Lo único que deseo es que me quieras tanto como yo te quiero.
    Cuando apenas quedaban unas vueltas para llegar a mil, Alanis abrió una mañana las ventanas de su habitación para observar al príncipe. Se sentó en una silla y ordenó a la servidumbre que le hicieran las uñas, le limpiaran el cutis y la peinaran, mientras esperaba el paso de su pretendiente. Pero el sol se puso y el príncipe no dio señales de vida.
    Presa de un ataque de nervios, ordenó a todos los guardias de palacio que fueran a buscarlo. Sus gritos podían escucharse desde el exterior de las murallas.
    —Princesa, hemos buscado por todas partes, pero no lo hemos encontrado—dijo con la cabeza agachada uno de los guardias al regresar.
    Otro le entregó una carta y añadió:
    —La encontramos clavada en un árbol. Va dirigida a vos.
    La princesa abrió la carta con rabia: “Vine hasta este reino buscando a la mejor de las mujeres. Creí haberla descubierto en tu rostro y tu cuerpo, pero la encontré en el corazón y la mirada de Naiara. Gracias por haberme ayudado a que se cruzara en mi camino. He decidido dejar de ir detrás de una mujer que no me quería para andar por la vida de la mano de una mujer que me hace sentirme querido y feliz”.

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